Renato Guttuso fue uno de los pintores italianos de más reconocido prestigio internacional tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Junto a otros artistas comprometidos políticamente, fundó el Fronte Nuovo delle Arti, que pretendía restituir el arte europeo del siglo XX al lugar que le correspondía y que el fascismo le había negado. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en “Caffè Greco”, fechada en 1976.

Mostró interés y aptitudes para el dibujo desde muy joven y a partir 1928 frecuentó el taller del pintor futurista Pippo Rizo. En 1930 se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo, pero abandonó sus estudios cuando dos pinturas suyas fueron expuestas en la Prima Quadriennale d’Arte Nazionale de Roma de 1931 y tuvo la oportunidad de ver obras de artistas contemporáneos. Un año más tarde, la Galleria del Milione de Milán expuso su obra y la de otros artistas sicilianos y poco a poco su estilo derivó hacia la pintura metafísica de Carlo Carrá y Giorgio de Chirico. Durante los primeros años de la década de 1930, Guttuso entró en contacto con numerosos artistas como Mirko, Afro y Fontana. Algo después, cuando ya se había establecido en Roma conoció a los miembros fundadores de la asociación de artistas antifascitas CORRENTE, Giacomo Manzù y Aligi Sassu, con los que expuso en 1939. Su repulsa ante la situación política de Europa se dejó sentir en sus obras, como en Fusilamiento en el campo, 1938 (Roma, Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea), dedicada a Federico García Lorca. Guttuso continuaría utilizando el medio pictórico para denunciar y examinar conflictos como el de Corea, Argelia o Vietnam, y su claro posicionamiento político le posibilitó viajar en numerosas ocasiones a países del este de Europa, donde su influencia fue grande. Sin embargo, la obra de Guttuso, en la que pueden verse elementos tomados de Picasso y los expresionistas centroeuropeos, nunca estuvo subordinada a la propaganda.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Guttuso, que desde 1943 había formado parte de la resistencia antifascista, volvió a Italia y se convirtió en una figura central en el renacimiento cultural italiano. Paralelamente su reputación creció por todo el mundo en unos años en que realizó numerosos bodegones, escenas monumentales de historia y homenajes a maestros antiguos como Courbet y Durero, o modernos como Van Gogh y Picasso. Fascinado por el modelo de Dante, realiza en 1961 una serie de dibujos en color, publicada en 1970 como “Il Dante di Guttuso”, representando los personajes del infierno como ejemplos de la historia humana, confirmando la flexibilidad de su talento. En los años 70 dedica un ciclo a la figura femenina, que llega a ser tan dominante en su pintura como lo era en su vida, “Mujeres, habitaciones, paisajes, objetos” 1967 y la serie de retratos de Marta Marzotto, musa inspiradora y su modelo preferido durante muchos años.

Según considera Paloma Alarcó, “después de haber militado clandestinamente en el Partido Comunista Italiano en los años en que Mussolini se mantuvo en el poder, durante los cuales también se opuso al neoclasicismo propugnado por los fascistas, Renato Guttuso se convirtió en la posguerra en una figura fundamental en el debate abierto en Italia entre el neorrealismo comprometido políticamente, propiciado por el Fronte nuovo delle arti, y la abstracción. Su obra se dejó influir de forma paulatina tanto por las nuevas corrientes pictóricas informalistas como por los artistas pop, que pudo conocer de cerca en la Bienal de Venecia de 1964. Además, por un tiempo, se sintió cercano al existencialismo de Giacometti y admiró la nueva figuración de Francis Bacon y Gerhard Richter. Por otro lado, al pintor italiano siempre le atrajeron las grandes composiciones de revoluciones, catástrofes o de temas sociales, como su Fusilamiento en el campo, de 1938, relacionada con la ejecución del poeta Federico García Lorca por parte de los falangistas durante la Guerra Civil española, o La noche de Gibellina, de 1970, una obra que captaba los efectos del terremoto que devastó Messina en 1970. Desde mediados de la década de 1960, a partir de su ciclo Autobiografía, de 1966, la memoria empieza a jugar un papel esencial en la producción artística de Guttuso. Instalado en su nueva residencia en la famosa via Margutta de Roma, el pintor comienza a recuperar en sus obras recuerdos de su infancia siciliana o de su vida en Roma, que recompone y reelabora con su propia imaginación, de tal forma que, en algunos casos, no queda ningún rastro de veracidad. Estos experimentos, en los que desaparecen las restricciones de la unidad de tiempo y lugar, elaborados con una objetividad narrativa que busca la inmediatez de un instante irrepetible, y que están próximos en espíritu a las tendencias pop o a la denominada nueva figuración, siguen vigentes en dos grandes composiciones de la década de los años setenta en las que representaba narraciones de ficción: Banquete fúnebre con Picasso, de 1973, un homenaje a Picasso, y Caffè Greco, de 1976, dedicado a Giorgio de Chirico”.

Alarcó, en relación a la obra que nos ocupa, estima que “Caffè Greco, de la colección del Museo Thyssen-Bornemisza, es un enorme cartón para un lienzo de mayor formato que se conserva en Colonia. Representa el interior de este viejo café, que desde su apertura en 1760 en la mítica via Condotti de Roma se convirtió en el principal lugar de encuentro de la sociedad romana y de los numerosos escritores y artistas que visitaron la ciudad, como Keats, Goethe, Stendhal, o Baudelaire. La escena del cuadro, que transcurre en la denominada «sala rossa», así denominada por el color rojo de la tela adamascada que reviste sus paredes, decoradas con cuadros, esculturas y diversos espejos, esconde una especie de banquete alegórico, de fábula imposible en la que se entremezclan personajes a través del tiempo. Aparecen artistas de todas las épocas combinados de forma anacrónica, junto a varios turistas japoneses y una variada selección de gentes de su tiempo. «Quería dar —aunque sólo fuera mediante una señal— el sentido de la historia por la que ha atravesado el café —declaraba el pintor—; y así, mientras los personajes son los de hoy, intelectuales, muchachas suecas, el japonés con la máquina fotográfica, parejas ambiguas de lesbianas, he buscado introducir un solo engarce con la historia, precisamente el coronel William Cody, llamado Buffalo Bill, que frecuentaba el café cuando estaba en Roma con su circo ecuestre. Giorgio de Chirico, un artista que Guttuso consideraba el último superviviente de los grandes genios del siglo, aparece de perfil sentado a la izquierda, contemplando al resto de los clientes. Su presencia actuaba, según declaraba el artista, como «elemento catalizador» de la escena, aunque, añadía, «la fascinación por el lugar procedía en gran parte de la gente que había pasado por allí, desde Buffalo Bill a Gabriele d’Annunzio»”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes
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