Pedro de Camprobín Passano fue un pintor barroco español, establecido en Sevilla y especializado en la pintura de flores y bodegones. Su obra no fue ajena al vino. Esto lo podemos comprobar en Cesto con melocotones y ciruelas, fechada en 1654.

Se tiene noticia de que a los catorce años (1619), firmó un contrato de aprendizaje con el conocido pintor Luis Tristán, en Toledo, iniciándose sin duda en el naturalismo de fuerte impronta tenebrista que el artista cultivaba y que contrastaba decididamente con lo que cabe presumir fuese su educación infantil. De Camprobín se conocen algunos bodegones, como el que nos ocupa. Su verdadera especialidad, sin embargo, será la pintura de flores, siendo abundantes las pinturas de este género que se han conservado, muchas en colecciones privadas. Camprobín muestra en ellas siempre un delicado sentido del color y una notable precisión en el dibujo.

Junto a los jarrones metálicos y decorados, que le sirven de base, acostumbraba a disponer un pequeño vaso de vidrio o algún cuenco de cerámica con agua, lo que le permitirá demostrar su capacidad para la reproducción de texturas y brillos. Algunas flores y pétalos caídos sobre la mesa dotan a la composición de un aspecto casual, y las mariposas revoloteando entre las flores evocan el triunfo del arte sobre la naturaleza según el tópico de Zeuxis, que engañó a los pájaros con sus uvas pintadas. En una etapa más avanzada estas composiciones se abrirán a severas perspectivas arquitectónicas, con escenográficos cortinajes de modo semejante a como se encuentra en obras italianas contemporáneas.

Atendiendo al texto extractado de Portús, J.: Lo fingido verdadero. Bodegones de la colección Naseiro adquiridos para el Prado, Museo Nacional del Prado, 2006, p. 75, “las obras de Pedro Camprobín constituyeron la alternativa más importante que hubo en Sevilla a mediados del siglo XVII a los bodegones de Francisco y Juan de Zurbarán, lo que le permitió dominar el mercado local tras sus muertes. Frente al rigor geométrico y la concentración expresiva de estos, Camprobín prefirió composiciones en las que los objetos se disponen de manera aparentemente más casual, y desarrolló una extraordinaria pericia en la transcripción de las texturas. Son cualidades que se aprecian en esta obra, en la que ha jugado con el supuesto desorden de las frutas derramadas, cuya piel tiene una calidad aterciopelada inconfundiblemente suya. Como contrapunto del arremolinado mundo vegetal coloca una vasija de cerámica y una copa de vino de elegantísimo perfil, jugando con un tipo de contraste al que fue muy aficionado.

El conocimiento de su obra se ha enriquecido en los últimos años con diversas y valiosas aportaciones que han completado su perfil. Si te ha gustado su obra, y también te gusta el vino, te recomendamos que visites la tienda online de Licores Reyes para conocer las mejores propuestas del mercado: http://tiendalicoresreyes.es

Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes