En los últimos meses de su vida, Vincent Van Gogh alcanzó en su pintura el ápice del dramatismo expresivo. El artista, cuya situación psíquica bordeaba la paranoia, trató de refrenar sus impulsos sometiéndose a la interpretación de obras de otros autores, como medio para evitar enfrascarse en una tarea de creación original que le hubiera sobreexcitado. En esta situación podemos ubicar Borrachos, cuadro que fue pintado en el mes de febrero de 1890.

Van Gogh sufría de una depresión clínica y en diciembre de 1888, después de rebanarse su oreja izquierda, fue internado en un hospital psiquiátrico. Los últimos años de Van Gogh estuvieron marcados por sus permanentes problemas psiquiátricos, que lo llevaron a ser recluido en sanatorios mentales de forma voluntaria, entre los que se encontraba el manicomio de Saint-Rémy. Nunca dejó de pintar. “Los pescadores saben que el mar es peligroso y la tormenta, terrible. Pero eso no les impide hacerse a la mar”, consideraba el pintor. A mediados de mayo de 1890, Vincent salió del hospital para vivir lo que sería el resto de su vida en Auvers, Francia. El 27 de julio de ese mismo año, Vincent se disparó con un arma en el pecho.

Durante el período de estancia en el asilo de Saint-Rémy, Van Gogh realizó diversas réplicas de grabados de Delacroix, Millet y Daumier, entre ellas el óleo Borrachos, inspirado en una composición del último de estos artistas. En una carta a su hermano Theo, revela el pintor que su propósito no es simplemente el de efectuar una copia, sino el de transcribir el grabado original en el lenguaje del color. Tiempo atrás hablamos sobre otra obra de Vincent van Gogh en esta sección; se trataba de “El viñedo rojo cerca de Arlés”, creación casi coetánea a la que nos ocupa, ya que se realizó en 1888.

“La composición del modelo fue conservada en sus rasgos principales, con la adición del paisaje de fondo, en cuyo horizonte aparecen diversas construcciones y las líneas verticales de chimeneas que expulsan negros humos”, considera Mercedes Pastor. Para ella, “el cielo fue colmado de nubes retorcidas en las que la impronta del característico trazo espiral de Van Gogh ha quedado de modo indeleble. La tensión emocional del autor se manifiesta tanto en la agitación de las líneas, como en el frío esquema cromático, prácticamente reducido a las gamas de verdes y azules”.

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Un artículo de Alberto Muñoz Moral
Responsable de Comunicación de Licores Reyes